El sueño que nunca pude olvidar.
Hay sueños que desaparecen apenas abrimos los ojos.
Y hay otros que, aunque pasen los años, siguen tan vivos como aquella madrugada.
Durante mucho tiempo dudé si contar esto.
Por miedo.
Por vergüenza.
Por pensar que alguien podría creer que exagero o que perdí la razón.
Pero también entendí que el silencio no siempre nace de la prudencia.
A veces nace del temor al juicio de los demás.
Hace muchos años tuve un sueño que marcó mi vida.
No pretendo convencer a nadie de que lo interprete como yo.
Solo quiero compartir lo que significó para mí.
Soñé que estaba de pie en un lugar completamente blanco.
Un blanco imposible de describir.
No era el blanco de una pared ni el de una hoja de papel.
Era un blanco que jamás volví a ver.
No distinguía dónde terminaba el suelo y dónde comenzaba el horizonte.
Era como si estuviera sostenida, pero sin sentir el peso de mi cuerpo.
Entonces escuché una voz.
Era firme.
Profunda.
Pero, al mismo tiempo, transmitía una paz difícil de explicar.
No podía identificar de dónde venía.
Era como si estuviera en todas partes.
La voz pronunció mi nombre:
"¡Catalina!"
Levanté la vista.
Solo pude ver una túnica clara.
Intenté mirar más arriba, descubrir quién estaba frente a mí.
Pero no pude.
Algo me impedía levantar la mirada.
Entonces escuché una frase que jamás olvidé:
"Andá y decile a todas las personas que Yo estoy por venir."
Y desperté.
Llorando.
Conmovida.
Y también asustada.
No porque sintiera miedo de Dios.
Sino porque no entendía por qué había soñado eso.
Ni por qué conmigo.
Durante mucho tiempo intenté encontrar respuestas.
Hoy ya no busco responder todas las preguntas.
Solo sé que ese sueño cambió algo dentro de mí.
No me hizo sentir superior.
Ni especial.
Al contrario.
Me hizo sentir responsable.
Y quizás la parte más difícil no fue haber tenido aquel sueño.
Sino convivir durante años con la sensación de que todavía no había tenido el valor suficiente para hablar de él.
No sé cuándo volverá Cristo.
La Biblia misma nos recuerda que nadie conoce el día ni la hora.
Pero sí sé algo.
Si realmente creemos que nuestra vida tiene un propósito eterno, entonces cada día debería invitarnos a vivir de una manera diferente.
Con más amor.
Con más verdad.
Con más perdón.
Con más humildad.
Con menos orgullo.
Con menos indiferencia.
Porque prepararnos para su regreso no es vivir con miedo.
Es vivir con un corazón dispuesto.
Tal vez el mayor mensaje no sea preguntarnos cuándo volverá.
Tal vez la pregunta sea otra.
¿Cómo quiero que me encuentre cuando vuelva?
Y esa pregunta no busca llenarnos de temor.
Busca llenarnos de propósito.
Porque, al final, todos estamos construyendo la historia que algún día pondremos delante de Dios.
Una luz para el camino
"Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir."
Mateo 25:13
☕ Y ahora te pregunto:
Si hoy fuera un nuevo comienzo para tu vida, ¿habría algo que elegirías reconciliar, perdonar o cambiar antes de que termine el día?
Una palabra que permanece
"La esperanza del regreso de Cristo no fue dada para sembrar temor, sino para inspirarnos a vivir cada día con un corazón dispuesto. Que cuando Él vuelva nos encuentre amando, creciendo y llevando esperanza a otros."
«Por tanto, también vosotros estad preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.»
Mateo 24:44
Que esta Palabra no solo nos informe… sino que transforme la manera en que vivimos hoy.
Catalina Vera
Coach y Comunicadora